Mi encuentro con la realeza

Desde que comencé a relacionarme con el mundo de los amantes de avistamientos de aves en México rápidamente comprendí que existen ciertas especies emblemáticas que no pueden faltar en la lista de avistamientos de toda persona que se precie de verdadero “pajarero”.

Una de esas especies es el Zopilote Rey (Sarcoramphus papa), también conocido como Cóndor de la Selva o Jote Real. Vive predominantemente en los bosques tropicales de tierras bajas, desde el sur de México hasta el norte de Argentina. Es el único miembro superviviente del género Sarcoramphus, que incluye también miembros fósiles y no se le reconocen subespecies. Es un ave carroñera que a menudo hace el corte inicial en los cadáveres de animales grandes. Por su tamaño, desplaza a las especies de buitres americanos o zopilotes más pequeñas cuando se encuentran cerca de un cadáver.

Las personas mayores con las que platico me suelen contar que aquí en la ciudad de Campeche eran comunes de ver, especialmente cerca de las zonas donde llegaban los pescadores en busca de comida fácil. Lamentablemente la situación actual es muy distinta, es extremadamente difícil encontrarlas, incluso en zonas protegidas o lejanas de poblaciones humanas, por lo que admirarlas en estado salvaje es siempre una experiencia emocionante.

Esto ha hecho que tratar de ver un zopilote rey representara un desafio. Mi primera oportunidad se me presentó recientemente, luego de dos años de infructuosa búsqueda. Don Enrique, un poblador local que nos acompañaba en nuestro recorrido por las selvas de las Reserva de Balam Kin y Balam Ku, en el sur del estado de Campeche nos comentó que conocía un lugar donde los Zopilotes Reyes se congregaban en grandes números y era muy fácil verlos de cerca. Al principio su comentario me resultó exagerado, para no decir fantasioso. Sin embargo, la posibilidad de ver al menos un ejemplar de la especie me mantuvo expectante y entusiasmado.

Levantamos campamento temprano y comenzamos una caminata de aproximadamente 4 kilómetros entre la selva para llegar al “Santuario del Zopilote”, nombre con el que Don Enrique bautizó el tan misterioso lugar. Caminar por la húmeda y calurosa selva, entre el follaje, con mi cámara y mi gran lente significó un esfuerzo importante, pero la perspectiva de tener mi primer encuentro con la realeza me daba fuerzas para seguir.

A como unos 500 metros de llegar una enorme silueta blanca pasó por encima de nuestras cabezas. ¡Allí estaba, el majestuoso Zopilote Rey! Apuramos un poco el paso y llegamos al santuario. ¡Y vaya que lo era! El paraje es hermoso y apacible, grandes árboles para posarse, un cuerpo de agua a los pies y una paz absoluta.

Y en lo más alto de las copas de los árboles congregados entre 20 y 30 ejemplares, entre adultos y jóvenes en diferentes etapas de crecimiento.

Era tal mi emoción que sudaba a mares y me temblaban las manos, por lo que silenciosamente armé el tripie y monté el equipo para poder disparar tranquilo. Los animales, afortunadamente, ni se inmutaron con nuestra presencia y siguieron con sus vidas como si nada, lo que me permitió hacer diferentes imágenes.

Luego de un buen rato fotografiándolos decidimos devolverle su acostumbrada paz y nos retiramos, agradecidos por haber sido testigos de tan espectacular momento.

¡Mi presentación ante la corte real estaba debidamente cumplida!

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