La Cueva de las Serpientes Colgantes

El planeta Tierra aún guarda lugares, especies y fenómenos naturales maravillosos muy poco conocidos. Hace aproximadamente un año y medio me enteré de la existencia de uno de estos lugares, donde se desarrolla a diario un episodio natural extraordinario. Muy cerca de localidad de Kantemó, en la península de Yucatán, existe un ambiente muy particular y que, con sólo escuchar su nombre, genera una mezcla de fascinación, intriga y deseos de exploración: La Cueva de las Serpientes Colgantes.

Resulta que, en esta cueva, ocupada por seis diferentes especies de murciélagos insectívoros y frugívoros, también habita una especie particular de ofidio. Se trata de la Serpiente Ratonera Tropical (Pseudelaphe flavirufa), o “ratonera manchada” como le dicen los pobladores locales, una especie de boa que se ha adaptado a vivir en total oscuridad entre los huecos y resquicios de la cueva, alimentándose exclusivamente de los murciélagos. Al caer la noche los murciélagos comienzan a salir, momento en el cual las serpientes salen de sus madrigueras, atrapando literalmente en el aire a aquellos que pasan demasiado cerca. Las boas son prácticamente ciegas y todavía no se puede entender a ciencia cierta como en la oscuridad total logran detectar la presencia de los murciélagos, que pasan volando velozmente, y a pesar de ello, atraparlos. Si todo esto no fuera por sí solo fascinante, además en la cueva se puede apreciar el rastro fósil que dejó el paso del mar cuando estos sitios se encontraban bajo las aguas y además viven en su cenote 4 especies de animales albinos ciegos.

Al caer la noche y equipado con casco, lámpara, guantes, mascarilla y siguiendo los pasos del guía me interné en este ambiente intimidante. El espacio de ingreso es una enorme caverna escalonada, donde hay que moverse con mucha precaución debido al guano de los murciélagos que alfombra todo el piso, transformándolo en una plataforma extremadamente resbaladiza. Las serpientes se encuentran en dos estrechas cuevas que nacen en el fondo de la caverna.

En la primera cámara nos movimos en cuclillas en «relativa comodidad». Avanzamos lentamente, alumbrando cada hueco o grieta en búsqueda de serpientes, sin embargo, y con un dejo de frustración tuvimos que abandonar ese espacio sin ningún avistamiento.

Las esperanzas estaban depositadas enteramente en la segunda cámara. Este diminuto espacio puso a prueba nuestros nervios y agilidad. No apto para claustrofóbicos, esta cueva demandó penetrar por estrechas restricciones hacia abajo y arriba arrastrándonos sobre nuestro vientre, debido al poco espacio disponib

le. Al igual que en la primera cueva, no había noticias de las ratoneras. Cuando ya pensaba que ese era el decepcionante final de mi expedición y que tendría que volverme con las manos vacías, el guía me dio una dosis de esperanza cuando me informó que no habíamos llegado al final de la cueva. Ante mi cara de incertidumbre me señalo con el dedo, lo que para mí sólo parecía una mancha. “Aquí” dijo y comenzó a arrastrarse por una minúscula entrada que daba paso a otra cámara…

Y allí, en el extremo más remoto de la cueva la madre naturaleza al final nos sonrió y encontramos un ejemplar adulto de aproximadamente 1,80 metros en plena faena de alimentación. Sin prestar atención al calor, la humedad, el sudor, la incomodidad y falta de espacio, logré tomar toda una secuencia de imágenes de la actividad predatoria, a escasos 60 cm. de distancia de la misma. Mi presencia de ninguna manera molestó al ofidio que sin siquiera prestarme atención se dedicó a cenar.

Luego de conseguido el objetivo, retrocedimos dejando a la serpiente en paz. Salimos de la cueva exhaustos, un poco doloridos y enlodados de pies a cabeza, pero agradecidos de haber podido ser testigos de un espectáculo natural especial.

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